El profundo cambio en el sistema económico, político
y social impulsado desde el Ministerio de Hacienda del régimen
militar marcó el devenir de muchas expresiones relacionadas
con el comportamiento de nuestra sociedad, con el desarrollo
de las artes, de las comunicaciones y de nuestro objeto de estudio:
el video. Los avances tecnológicos que se producían
en el mundo y que permitieron el desarrollo del video y de las
comunicaciones fueron experimentados en Chile de la mano de
los productos de consumo (artículos de consumo “suntuario”
les llamaban) que llegaron con la apertura de las exportaciones.
Un ejemplo significativo de ello es el aumento de la cantidad
de televisores, que pasaron de 700.000 el año ’75
a 1.750.000 el año ’85
[7] . Un aumento tal de televisores produjo
dramáticos cambios de hábitos en la población,
creándose lo que se ha llamado una “fetichización”
del aparato-televisor y una progresiva sumisión de la
sociedad al mensaje televisivo. Todo esto ocurrió producto
de dos condiciones económicas nuevas para el “consumidor”
de los ’70: facilidad de endeudamiento y disminución
del costo de los televisores fruto de una nueva política
que favoreció las importaciones. Pero el explosivo aumento
de televisores entregó a la dictadura la herramienta
perfecta para suplir el estado de depresión anímica
y social de la población, la mitad de la cual (ex partidarios
del gobierno de la Unidad Popular) estaba completamente derrotada
y era perseguida, denostada y humillada desde los sectores oficialistas,
mientras que la otra mitad, partidaria del nuevo orden, esperaba
que los militares y dirigentes de la derecha reordenaran un
país que consideraban sumido en el caos, para lo cual
estaban dispuestos a someterse a ciertas incomodidades como
el Toque de Queda, medida de excepción que encerró
a la gente en sus casas todas las noches durante 10 años.
La ausencia de vida nocturna debido al Toque de Queda y la disminución
de la creación musical, literaria, teatral y cinematográfica
debida al exilio, desaparición o muerte de muchos de
sus principales creadores [8]
, sumieron al país en lo que se conoció como “apagón
cultural”. Los artistas que permanecían en Chile
debieron auto-censurarse para subsistir laboralmente (o para
sobrevivir a la represión). Ciertamente hubo artistas
cuyas obras no incomodaban al Gobierno y que fueron ampliamente
difundidos por los medios de comunicación de la época.
Sin embargo, era evidente que el papel cuestionador del arte
no calzaba con las concepciones culturales de las nuevas autoridades.
A esto se suma la intervención militar de las universidades
y de los espacios académicos tradicionales, con lo que
la reflexión académica y científica sobre
el devenir de nuestra sociedad sufrió una severa censura
durante muchos años.
[7]
Dinamarca, Hernán; El video en América Latina: actor
innovador del Espacio Audiovisual”, Ediciones El Canelo de
Nos/Arte Cien; 1991 (p. 94).
[8] La lista es larga pero citemos
a modo de ejemplo a: Victor Jara (asesinado), Sergio Ortega, Inti
Illimani, Quilapayún, Los Jaivas, Patricio Mans, el “Gitano”
Rodríguez y los hermanos Angel e Isabel Parra en la música;
Raul Ruiz, Miguel Littin y Helvio Soto en cine; Oscar Castro, los
hermanos Duvauchell, Patricio Contreras, Gloria Laso, Coca Rudolfi
y Franklin Caicedo en teatro; Jorge Diaz, Antonio Skarmeta, Carlos
Cerda y Poli Délano en literatura.