Si hay algo que no puede desconocerse es la vocación
fundacional que un sector de partidarios del gobierno militar
exhibió casi desde los inicios del régimen. Esto
se tradujo en la creación de un nuevo marco constitucional
que regiría (y aun rige) el comportamiento de las instituciones
nacionales y de la nación toda [12].
Si bien, el propio general Pinochet había dicho en julio
de 1977 que en su gestión las fuerzas armadas en el poder
se fijaban “metas pero no plazos”, la presión
interna y externa por mostrar avances en la democratización
del país llevó a Pinochet y sus asesores a fijar
un itinerario que comenzaría con la promulgación
de una nueva constitución durante el año 1980.
Esta constitución, redactada a fines de los ’70
y pensada para corregir los vicios del “libertinaje”
político al cual había conducido la anterior (constitución
del ’25), fue sometida a aprobación popular en
un plebiscito que tuvo lugar el 11 de septiembre de 1980. Ya
un par de años antes, el gobierno había ensayado
esta fórmula del “pronunciamiento popular”
en la llamada “Consulta Nacional” en la que se instó
a la población a apoyar a su país en contra de
los “ataques” internacionales, particularmente los
que provenían desde las Naciones Unidas y sus comisiones
fiscalizadoras contra las violaciones a los Derechos Humanos.
El triunfo de la opción de “apoyo a Chile”
fue abrumador [13],
como lo fue el ’80 el triunfo de la opción “Si”
a la nueva constitución [14],
y como han sido, por lo demás, todos los triunfos electorales
en estados de dictadura, sin registros electorales, sin una
prensa opositora que fiscalice los procesos, sin observadores
internacionales que certifiquen la transparencia de los procesos
de recuento y entrega de los resultados, etc.
Lo interesante de este nuevo escenario abierto el año
’80 sería la fijación de un itinerario constitucional
para la entrega del poder ejecutivo y legislativo a la población
civil. Había por fin metas y plazos declarados, los que
se resumen en la fijación de un período de ocho
años a partir del año ’80 para convocar
a un nuevo plebiscito en el que la ciudadanía podría
pronunciarse entre la continuidad del régimen encabezada
por un candidato nombrado por la Junta Militar de Gobierno o
el llamado a elecciones presidenciales abiertas. Además,
en el mismo acto eleccionario se constituiría por primera
vez en 17 años un parlamento civil. La verdad es que
recién comenzada la década, ocho años de
espera para recuperar una democracia civil parecía a
la civilidad opositora más una pesadilla que una esperanzadora
“luz al final del túnel”.
No obstante, la “derrota” sufrida por la débil
y temerosa oposición en el acto plebiscitario (leído
nacional e internacionalmente como fraudulento), entregó
argumentos a todos los sectores políticos de la oposición
(incluida la llamada “Resistencia”) para fijar sus
propios itinerarios: unos optarán por una suerte de agenda
de recomposición de las organizaciones de la sociedad
civil (sindicatos, gremios, centros de alumnos, juntas de vecinos,
partidos políticos, etc.) mientras que otros desarrollarán
decididamente una agenda de lucha radicalizada, que no excluyó
la formación de grupos paramilitares y de cuadros preparados
para la lucha armada . [15]
[12]
Recién en agosto de 2005 (25 años después
de su promulgación) se aprobaron nuevas reformas a la constitución
que eliminan o modifican muchos de los artículos más
criticados por su carácter antidemocrático.
[13] La consulta tuvo lugar el 4
de enero de 1978. Por primera vez votan los miembros de las Fuerzas
Armadas y los extranjeros con cédula de identidad chilena.
El resultado arroja un 73,5% de apoyo la gobierno militar. (fuente:
sección CHILE EN EL SIGLO XX del sitio http://siglo20.tercera.cl/index.htm).
[14] Los resultados fueron 4.204.879
por la aprobación (esta cifra incluye los votos en blanco,
que de acuerdo a la normativa que se dictó en la oportunidad
se sumaban al Sí), 1.893.420 por el rechazo y 173.569 votos
nulos (fuente Sección CHILE EN EL SIGLO XX del sitio http://siglo20.tercera.cl/index.htm).
[16] A fines del año 1982
se hablaba profusamente de estrategias que abarcaban desde la
“desobediencia civil” hasta la “resistencia
armada”. Los dos polos de este escenario lo constituían
la Democracia Cristiana –que también creó
sus grupos paramilitares- y la alianza táctica formada
por las direcciones exteriores del PC y el MIR. Entre medio, la
Izquierda Cristiana, el MAPU y las diversas facciones del PS debatían
la posibilidad y viabilidad de la creación de grupos de
Resistencia Armada al interior de sus respectivos partidos. De
estos debates internos surgió desde una facción
del MAPU el grupo armado Frente Juvenil Lautaro.